Parecería
ocioso o inútil el mirar las cosas desde una perspectiva diferente, cuando
estamos tan acostumbrados a seguir determinados modelos de pensamiento. Sin
embargo, muchas veces una ligera variación en el ángulo de apreciación puede
revelar un panorama distinto, capaz de inducir un profundo cambio en la manera
en que construimos y experimentamos nuestra realidad. Por ejemplo, estamos
habituados a pensar conforme a la correspondencia lineal Causa / Efecto; pero
si nos cruzamos al lado contrario de la calle descubriremos la posibilidad de
ubicarnos en la correspondencia inversa: Efecto / Causa. Es decir, primero el
efecto y luego la causa.
Para que
alguien logre que un efecto buscado se convierta en realidad necesita
desarrollar en sí mismo o en su vida las características propias de dicho
efecto, de tal modo que primero vive y se comporta de acuerdo con la naturaleza
del efecto asumiéndolo como un hecho en tiempo presente y luego interactúa con
las diferentes variables de la causa, influyendo sobre ellas para lograr algún
objetivo concreto. Parece algo irracional, aunque detrás de los contrasentidos
suelen ocultarse aplicaciones valiosas y creativas para aquellos capaces de
modificar sus hábitos mentales.
Sun Tzu,
el famoso estratega militar chino del siglo VI antes de nuestra era, saca luz
de esta paradoja cuando afirma que primero uno debería de volverse vencedor y
después entrar en la batalla. Para nuestro sentido común lo primero en el
tiempo es batallar y luego como resultados se vence, pierde o empata. Invertir
los términos sería un error básico como poner la carrera delante del burro; sin
embargo la vida no obedece los dictados de la lógica mecánica donde la causa
A siempre genera el efecto B.
Si uno
pudiese posponer su apego al razonamiento cartesiano para explorar nuevas
formas de actuar en el mundo del conflicto humano o de la competencia de
negocios, se ocuparía primero de lo indispensable (transformarse a sí mismo
para aumentar su capacidad de ganar) y dejaría que los demás se agotasen en el
juego secundario de las apariencias (altas inversiones de energía o recursos en
su esfuerzo por competir).
Esto
significa que una persona o empresa que ya está en posición vencedora antes de
entrar a la lucha de la competencia o del conflicto, tiene asegurado el triunfo
en la batalla o una negociación porque se ha hecho cargo de resolver
correctamente dos asuntos medulares: 1) Se ha disciplinado a si misma para
minimizar sus debilidades y aumentar sus fortalezas; y 2) no ha perdido de
vista las debilidades, intenciones y movimientos del contrario. Los derrotados
acuden a la batalla primero y después tratan de vencer.
De esto se
sigue que las empresas e individuos correctos primero se ocupan de volverse
invencibles, aumentar sus capacidades y fortalecer sus posiciones de ganancia
mediante el conocimiento de sí mismos ocultándolo a los demás; al mismo tiempo
que escudriñan la vulnerabilidad del contrario y esperan el momento oportuno
para frustrar sistemáticamente sus planes antes de que maduren; así que cuando
luchan contra sus adversarios éstos ya están vencidos de antemano.
Lo valioso
es que de esta manera las batallas son cortas y, mejor aún, a veces ni siquiera
llegan a ocurrir. Tal era la idea del maestro Sun Tzu; ganar sin luchar. La
invencibilidad está en uno y la vulnerabilidad en el adversario.
Vencer sin
luchar ahorra recursos y energía, luego entonces multiplica las ganancias.
Curiosamente en una batalla corta donde las bajas son mínimas, tanto el
vencedor como el vencido permanecen en pie para beneficio del mercado.
Usar las
infinitas combinaciones de la estrategia implica la sabiduría de ver lo oculto
detrás de las apariencias. Esta capacidad no tiene nada que ver con
bravuconadas, tamaño relativo, tretas sagaces o agresiones violentas.
Vencer
primero y pelear después es la esencia misma de una sabia estrategia. Primero
el efecto, la causa, después. Parece irracional pero es lo más cuerdo.
Rodrigo Prado Loaiza